La (bendita) rutina que impulsa: vivir la oposición desde dentro

La rutina del opositor tiene mala fama, y no sin motivo. Diez horas al día, seis días a la semana, casi todo el año, pueden sonar a condena más que a proyecto. Pero lo curioso es que, cuando uno entra de verdad en esa rueda, descubre que la rutina no es un enemigo: es una señal. Un indicio de que el estudio empieza a asentarse, de que la maquinaria interna funciona, de que el cuerpo y la cabeza han encontrado un ritmo propio.

Al principio todo pesa más. Cada mañana parece idéntica a la anterior, y cada tema exige un esfuerzo consciente, casi forzado. Pero llega un momento —y todos los opositores lo reconocen cuando miran atrás— en el que la rutina deja de ser un muro y se convierte en un carril. Un carril estrecho, sí, pero firme, que te permite avanzar sin tener que replantearte cada día quién eres o qué haces. Estudiar se vuelve un hábito, y el hábito, aunque tedioso, es también un refugio.

Es entonces cuando el tiempo empieza a medirse de otra manera. Ya no en semanas ni en meses, sino de cante en cante, de preparación en preparación. Cada sesión con el preparador marca un pequeño hito, una especie de latido que ordena el calendario. Entre un cante y el siguiente la vida se vuelve más manejable: estudias, repasas, corriges, vuelves a empezar. Y sin darte cuenta, los días pasan más deprisa. La rutina, que parecía eterna, se convierte en un mecanismo que te empuja hacia delante.

Y en medio de esa repetición necesaria, cobran un valor inesperado los pequeños detalles. Vestirse para ir al preparador, por ejemplo, deja de ser un trámite y se convierte en un pequeño ritual que oxigena la semana. Cambiar el día de descanso, romper mínimamente el patrón, elegir un café distinto o caminar por otra calle: gestos minúsculos que, sin alterar el rumbo, permiten que la mente respire. Son pausas que no interrumpen la rutina, sino que la sostienen. Como si el propio estudio necesitara esas rendijas de aire para no volverse asfixiante.

Ahí reside un equilibrio delicado pero fundamental: la rutina como columna vertebral y los pequeños escapes como articulaciones que la mantienen flexible. Sin rutina no hay avance, pero sin esos gestos cotidianos que rompen la monotonía, la rutina se endurece y se vuelve frágil. El opositor aprende a convivir con ambas cosas, a reconocer cuándo necesita apretar y cuándo conviene aflojar un poco, aunque sea durante unos minutos. Y en esa convivencia, casi sin darse cuenta, encuentra una forma de vida que, aunque exigente, es también sorprendentemente humana.

Y en ese paisaje de días aparentemente iguales, cobra fuerza una frase que muchos opositores repiten casi como un mantra: «un día más es un día menos». Puede sonar simple, pero encierra una verdad poderosa. Cada jornada cumplida, por pesada que haya sido, es una jornada tachada del camino. No es solo un día que se suma al esfuerzo, sino un día que se resta a la incertidumbre. Pensarlo así transforma la percepción del tiempo: no se trata de sobrevivir a una rutina interminable, sino de avanzar, de ir descontando pasos hacia un destino que, aunque lejano, se acerca con cada amanecer que se supera. Ese pensamiento, humilde pero firme, sostiene a muchos cuando las fuerzas flaquean.

No hay nada heroico en esto, y tampoco falta hace. La oposición no se gana a golpe de épica, sino de constancia. Y la constancia, por definición, es repetitiva. Pero dentro de esa repetición hay algo profundamente valioso: la certeza de que cada día que cumples tu rutina es un día que suma. Un día que te acerca, aunque no lo notes, a un objetivo que solo se conquista así, paso a paso, cante a cante.

Por eso, cuando la rutina pese —que pesará— conviene recordar que no es un síntoma de estancamiento, sino de avance. Que entrar en ella significa que ya estás dentro del proceso, que ya formas parte de esa larga tradición de opositores que encontraron en lo cotidiano su mejor herramienta. Y que, aunque el camino sea largo, la rueda que hoy parece monótona es la misma que te llevará hasta el final.

«El éxito es la suma de pequeños esfuerzos repetidos día tras día»

- Robert Collier -

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