El primer paso

La oposición: un camino tan duro como prometedor

Opositar a judicatura es, probablemente, una de las decisiones más exigentes —y más íntimas— que puede tomar un jurista. No es una elección que se haga como consecuencia de una idea peregrina ni con un simple cálculo racional. Es una decisión que nace en un punto muy profundo, donde se mezclan la ambición, el miedo, la vocación y la necesidad de demostrarte algo a ti mismo. Porque opositar no es solo escoger un camino profesional: es comprometerte con una forma de vida que te pondrá a prueba en todos los sentidos. Es aceptar que, durante años, tu mundo se reducirá a una mesa, un temario y una disciplina que no perdona titubeos.

Y es que opositar no es solo estudiar. Es renunciar. Renunciar a ingresos estables durante años, a planes improvisados, a fines de semana sin culpa, a la ligereza de la juventud. Es ver cómo tus amigos avanzan en sus carreras, viajan, se independizan, mientras tú sigues en el mismo escritorio, con los mismos códigos subrayados, repasando por enésima vez un artículo que ya podrías recitar dormido. Es aprender a convivir con la sensación de que el tiempo pasa de forma distinta para ti, como si vivieras en una especie de paréntesis donde todo está suspendido hasta que llegue el día del examen.

También es aceptar una incertidumbre que pesa más que cualquier temario. La incertidumbre de no saber si todo ese esfuerzo titánico tendrá recompensa. La oposición no promete nada. Puedes darlo absolutamente todo y no conseguirlo. Puedes sacrificar años y quedarte a las puertas. Y aun así, cada mañana hay que volver a sentarse, abrir el temario y seguir. Esa constancia casi irracional, esa fe que se renueva a pesar del cansancio, es lo que distingue al opositor. Es un ejercicio de resistencia emocional que pocos comprenden desde fuera.

Pero, pese a todo, opositar también es abrazar una promesa poderosa. Una promesa que, para muchos, justifica cada renuncia. Si lo consigues, tendrás acceso a una de las profesiones más respetadas y trascendentes del país. No se trata de un puesto vitalicio o de un salario digno —aunque ambos son argumentos de peso—, sino de algo más profundo: en el caso de los jueces, la independencia profesional, la capacidad de decidir con libertad, la responsabilidad de aplicar la ley y garantizar derechos fundamentales. Es saber que tu trabajo tiene un impacto real, que tus decisiones pueden cambiar vidas, que tu criterio contribuye a sostener el Estado de Derecho; en el caso de los fiscales, la defensa de la legalidad, la protección de las víctimas y el impulso de la acción penal con objetividad. Es saber que tu labor contribuye a que los delitos no queden impunes, que tus decisiones pueden orientar el rumbo de una investigación y que tu criterio es esencial para preservar la justicia y el interés público.

Ser juez o fiscal no es un empleo: es una función pública que te sitúa en el corazón mismo del sistema. Es una vocación que exige madurez, templanza y un sentido del deber que no se improvisa. Y esa idea —la de llegar a ocupar un lugar donde tu esfuerzo se convierte en justicia— es un motor que impulsa a muchos opositores incluso en los días más oscuros, cuando el cansancio nubla la meta y el temario parece infinito.

La oposición, en definitiva, es una apuesta alta. Y como toda apuesta alta, exige convicción. No basta con quererlo «un poco». No basta con pensar que «ya se verá». Para opositar hay que creer, de verdad, que ese futuro merece el sacrificio del presente. Hay que tener una mezcla extraña de disciplina, paciencia y fe: fe en el proceso, fe en uno mismo, fe en que el esfuerzo sostenido acabará abriendo una puerta que solo se abre desde dentro. Y aun así, incluso con toda esa convicción, habrá días de duda, de agotamiento, de querer tirar la toalla. Pero es precisamente en esa tensión —entre el sacrificio y la promesa— donde se forja el opositor. Donde se mide su resistencia. Donde descubre si este camino, con toda su dureza y toda su grandeza, es realmente el suyo.

Al final, opositar a judicatura no es una cuestión de valentía heroica ni de una fortaleza inquebrantable. Es, más bien, una conversación silenciosa contigo mismo. Una pregunta que vuelve una y otra vez: ¿de verdad quiero esto? Y si la respuesta, pese a las dudas, pese al miedo, pese a la renuncia, sigue siendo «sí», entonces quizá ya tengas más claro de lo que crees cuál es tu camino.

Porque la oposición es dura, sí. Te exigirá más de lo que imaginas y te obligará a conocerte en tus límites. Habrá días en los que te sentirás pequeño, cansado, incluso perdido. Pero también habrá otros —más discretos, más íntimos— en los que notarás que avanzas, que entiendes mejor, que memorizas más rápido, que tu disciplina crece. Esos días, casi sin darte cuenta, te demostrarán que puedes.

Y es importante recordarlo: la meta es posible. Miles de personas han pasado por ese mismo escritorio, por ese mismo temario, por esa misma sensación de vértigo. Y lo han conseguido. No porque fueran genios, ni porque tuvieran una vida perfecta, sino porque tuvieron vocación, constancia y la determinación de no rendirse cuando el camino se hacía cuesta arriba.

Si tú también sientes esa vocación —esa mezcla de justicia, responsabilidad y deseo de servir—, entonces opositar es una de las decisiones más valientes y coherentes de tu vida. No porque garantice un futuro brillante, sino porque te permitirá luchar por algo que realmente te importa.

Y, al final, eso es lo que da sentido a este esfuerzo: saber que estás caminando hacia un lugar que deseas de verdad. Un lugar que no se regala, pero que está ahí, esperándote, si decides ir a por él.

Si este es tu sueño, no lo descartes por miedo. El camino no es sencillo, pero te garantizo que merece la pena. Y quizá, dentro de unos años, puedas mirar atrás y decirte que valió la pena apostar por ti.

«Si siembras un pensamiento, cosecharás una acción; si siembras una acción, cosecharás un hábito; si siembras un hábito, cosecharás un carácter; si siembras un carácter, cosecharás un destino»

— Stephen R. Covey

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La (bendita) rutina que impulsa: vivir la oposición desde dentro