El (temido) test: pistoletazo de salida en la carrera a por tu plaza.
El próximo domingo, 1 de febrero de 2026, a las 11:00, los opositores a judicaturas están llamados a realizar la primera prueba de la convocatoria de 2025 —que se desarrollará a lo largo de 2026— para acceder a la carrera judicial y fiscal: el examen tipo test.
A simple vista, este examen suele percibirse como el más asequible de los tres que integran el proceso selectivo. Su propio formato contribuye a ello: la tensión que genera un test no es comparable a la que se experimenta en un examen oral. No es lo mismo enfrentarse a un tribunal compuesto por varias personas, organizar mentalmente los temas en apenas quince minutos y exponerlos con precisión, que sentarse ante un cuestionario en el que nadie te observa directamente y dispones del tiempo necesario para pensar cada respuesta con calma. En el oral, cada segundo de duda parece eterno; en el test, al menos, puedes respirar.
También es cierto que la profundidad de estudio que exige el test no es idéntica a la del examen oral. Aunque defiendo firmemente que la mejor forma de preparar el test es estudiar los temas como si fueran para el oral, no deja de ser una ventaja que en cada pregunta tengas delante la respuesta correcta entre las opciones. Esa pista, por pequeña que sea, te permite razonar con más tranquilidad. En el oral, en cambio, no hay red: solo cuentas con el esquema que hayas logrado elaborar en esos escasos quince minutos y con tu capacidad de exposición en un entorno mucho más exigente que un aula.
Ahora bien, que el test sea más «amable» no significa que sea un mero trámite. Ni mucho menos. Es un examen que requiere preparación real; una lectura superficial del temario no basta para superarlo.
La primera dificultad es el ratio de aprobados: en las últimas convocatorias, solo uno de cada cuatro opositores ha logrado superar el test. Este dato, por sí solo, eleva el nivel de exigencia. A diferencia de épocas pasadas, hoy es imprescindible llevar bien estudiadas todas las materias que entran en el examen: constitucional, civil, penal, procesal civil y procesal penal. En la práctica, esto supone dominar prácticamente todo el temario, algo que, según el ritmo de cada persona, puede requerir más de un año de estudio continuado.
La segunda dificultad es la incertidumbre sobre la nota de corte. No existe un mínimo preestablecido: el corte se fija en función de la dificultad del examen y del nivel general de los opositores que lo realizan. Esto significa que, salvo que obtengas una nota muy alta, convivirás con la duda hasta el día en que se publique el resultado definitivo.
En este post quiero compartir contigo una serie de consejos para afrontar el test. Son recomendaciones personales, basadas en lo que a mí me funcionó. Si tienes preparador, sigue siempre sus indicaciones; cada opositor y cada método tienen sus matices. Aun así, quizá estas ideas te sirvan para encarar el examen con más seguridad.
Recuerda que tienes tiempo de sobra. Cada pregunta está pensada para resolverse con calma. No vas contrarreloj. Entra al examen con esa idea clara: hay tiempo para pensar.
Los nervios iniciales son normales y se irán pasando. Es muy habitual leer varias preguntas al principio y sentir que no sabes ninguna. No te alarmes. Conforme avancen los minutos, tu mente se asentará. Mantén tú el control de la situación, no permitas que la situación te controle a ti.
Empieza por lo seguro. Lee la pregunta, revisa las opciones y, si tienes clara la respuesta, márcala. Si dudas entre dos, simplemente señálala para revisarla después. En una segunda vuelta, con la cabeza más fría, es frecuente ver la respuesta con mayor claridad. Incluso puede que una pregunta posterior te dé la pista que necesitabas para resolver una anterior.
En la segunda vuelta, decide con criterio. Una vez marcadas todas las que sabes seguro, vuelve a las que dudabas entre dos. Esta ronda será mucho más rápida y la harás con más aplomo. Si sigues dudando pero te inclinas ligeramente por una opción, mi consejo es que la marques. El riesgo aquí es razonable: para que te salga «a perder», tendrías que fallar tres por cada una que aciertes, y estadísticamente eso es poco probable si tu duda está entre dos opciones razonables.
Las preguntas en las que dudas entre tres son otro escenario. Aquí el riesgo deja de estar bajo control y entra en juego el azar. En estos casos conviene recordar algo esencial: si el examen te parece difícil, también lo será para la mayoría. La nota de corte depende del nivel conjunto de los opositores y de la dificultad del test, no de tu sensación individual. El nivel de los aspirantes suele ser todos los años parecido, es un parámetro más estable que el de la dificultad del examen. Por eso, cuando no sabes la respuesta o dudas entre tres opciones, lo más prudente suele ser dejarla en blanco y evitar daños innecesarios.
Y, por último, revisa la plantilla con extremo cuidado. Este paso es tan importante como todo lo anterior. Un error al pasar las respuestas puede arruinar un examen que llevabas bien encaminado. Dedícale unos minutos y asegúrate de que cada casilla corresponde a la opción que querías marcar.
En suma, preparar el test no es solo cuestión de estudiar; también implica saber gestionar el tiempo, los nervios y las decisiones que tomas durante el propio examen. Entender cómo funciona la prueba, asumir que la incertidumbre forma parte del proceso y tener una estrategia clara puede marcar la diferencia entre pasar el corte y no pasarlo.
Y recuerda: no se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo bien. Mi preparador me solía repetir que lo mejor es enemigo de lo bueno. Vale lo mismo una nota que roza el corte que un 99. Todos van al oral en las mismas condiciones.