La opositora que convirtió la confianza en una plaza

Hoy quiero compartir con vosotros la historia de Vanessa Altozano Sáez, Magistrada en la Sección Civil y de Instrucción del Tribunal de Instancia de Arenys de Mar (plaza nº 8).

Vanessa tuvo muy claro desde niña cuál era su vocación: quería ser juez. Y persiguió ese objetivo con una determinación admirable durante años, superando dificultades, dudas y momentos en los que el camino parecía especialmente cuesta arriba, hasta alcanzar finalmente la meta que tanto había soñado.

Cuando comenzó a preparar conmigo, enseguida percibí que detrás de esa aparente incertidumbre había una opositora extraordinariamente sólida. Conocimiento, capacidad de trabajo y talento le sobraban; solo necesitaba recuperar la confianza necesaria para creer plenamente en todo lo que ya llevaba dentro. Dos años después, lo consiguió.

Para mí, Vanessa ocupa un lugar muy especial. No solo porque con el tiempo nuestra relación trascendió lo académico y nació una gran amistad, sino también porque fue la primera opositora que consiguió su plaza preparando conmigo. Por eso, su éxito siempre tendrá un significado único en mi trayectoria.

Os dejo con su historia:

Desde que tengo memoria supe que quería ser juez. Por eso, cuando llegó el momento de decidir mi camino, no hubo dudas: la oposición a judicatura era el lugar al que quería llegar, aunque todavía desconociera todo lo que tendría que recorrer para conseguirlo.

Como la mayoría de los opositores, empecé con ilusión, determinación y una idea bastante teórica de lo que significaba opositar. Solo con el paso de los años comprendí que no se trataba únicamente de estudiar derecho, sino también de aprender a resistir, a confiar y a seguir avanzando cuando las fuerzas parecían agotarse.

En mi caso, el camino fue extremadamente duro y árido. Años de sacrificios, de renuncias y de crecimiento. Años en los que aprendí mucho más que leyes.

La oposición me enseñó a valorar cada momento libre, a reconocer quién permanecía a mi lado cuando no había éxitos que celebrar y quién se alegraba sinceramente cuando las cosas salían bien. También me regaló amistades que terminarían convirtiéndose en una auténtica familia.

Los primeros compases estuvieron dedicados a construir una base sólida. Llegaban las primeras pequeñas victorias que solo un opositor entiende: terminar una asignatura por primera vez, completar una vuelta entera al temario, hacer un buen cante, superar un test, enfrentarse a un tribunal. Pasos modestos vistos desde fuera, pero gigantescos para quien los vive desde dentro.

La primera vez que superé el test también aprobé el primer oral. En el segundo oral canté todos los temas y me quedé muy cerca. Tan cerca que ya me imaginaba en la Escuela Judicial. Pero aquella vez no pudo ser.

Y cuando uno cae tan cerca de la meta, volver a levantarse resulta especialmente difícil.

El retraso de la convocatoria aumentó una sensación que muchos opositores conocen bien: la de estar detenidos en el tiempo. Mientras todo avanzaba alrededor, yo sentía que permanecía exactamente en el mismo lugar.

Fue entonces cuando entendí que, para llegar donde quería, no bastaba con seguir haciendo lo mismo. Necesitaba recuperar la ilusión, la confianza y, sobre todo, una nueva perspectiva.

Y ahí apareció Carlos.

A veces, en procesos tan largos, el verdadero cambio no consiste en estudiar más horas, sino en aprender a estudiar de otra manera. A partir de ese momento cambió mi forma de trabajar y de afrontar la oposición.

Empecé a asumir mayores exigencias, a llevar más temas, a recuperar materias que llevaba tiempo sin tocar y a desarrollar una visión mucho más completa de lo que estaba haciendo. Poco a poco fui recuperando algo que el tiempo de desgaste y los tropiezos habían ido debilitando: la confianza.

No fue un cambio inmediato ni una transformación repentina. La oposición nunca funciona así. Los obstáculos siguieron apareciendo. Las dudas seguían visitándome con frecuencia. Las preguntas eran las mismas: ¿seré capaz?, ¿lo conseguiré algún día?, ¿merece la pena seguir?

Pero había una diferencia importante.

Ya no sentía que avanzaba a ciegas. Volvía a tener una dirección clara y, sobre todo, volvía a creer que el objetivo era posible.

Y cuando esa convicción se une al trabajo constante, empiezan a ocurrir cosas.

Pasaron aproximadamente dos años.

El test volvió a quedar atrás. El primer oral salió bien. Solo quedaba un último paso.

Esta vez había algo distinto. Una mezcla de calma y determinación que no había sentido en ocasiones anteriores. No porque el examen fuera más sencillo, sino porque yo era mejor opositora que la que había llegado hasta allí años antes.

Y lo fue.

Los pasillos del Tribunal Supremo fueron quedando vacíos. Los nervios acumulados durante tantos años empezaron a disiparse. Entonces llegó una sola palabra pronunciada por el tribunal que resumía todo el esfuerzo realizado:

«Enhorabuena».

En ese instante terminó la incertidumbre.

Y comenzó una nueva vida.

Con la perspectiva que da el tiempo, puedo decir que fue un camino duro. Hubo momentos en los que pensé que no podría seguir. Momentos en los que rendirse parecía la alternativa más razonable. Momentos en los que el objetivo parecía demasiado lejano.

Pero también puedo afirmar que merece la pena resistir.

Porque detrás de ese último «enhorabuena» hay mucho más que una plaza. Está la satisfacción de haber superado los propios límites, la alegría de compartir el éxito con quienes han acompañado el camino y la tranquilidad de saber que todo el esfuerzo tuvo sentido.

Durante la oposición parece que la vida se detiene. Los días se parecen unos a otros. Los problemas se agrandan. Las dudas se multiplican. Un suspenso puede parecer el final de todo y una buena semana apenas dura unos días.

Pero cuando finalmente apruebas, todo vuelve a ponerse en movimiento.

Llegan nuevos compañeros, nuevas experiencias, nuevos retos. Empieza la profesión con la que siempre soñaste. Y aparece una estabilidad que durante años parecía pertenecer a otra vida.

Por eso, todavía hoy sigo agradeciendo a aquella versión de mí misma que decidió continuar cuando más fácil parecía abandonar.

Y también sigo agradeciendo a quienes me ayudaron a llegar hasta aquí.

Especialmente a Carlos.

Porque hay personas que aparecen en momentos decisivos y dejan una huella que va mucho más allá de lo académico. En una oposición tan larga y exigente como esta, contar con alguien que te ayuda a recuperar la confianza y a seguir avanzando cuando más lo necesitas puede marcar una diferencia enorme.

Gracias por acompañarme en el tramo decisivo del camino.

Y por ayudarme a descubrir que, a veces, el último impulso es el que termina marcando la diferencia entre quedarse a las puertas y cruzar definitivamente la meta.

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